sábado, 9 de diciembre de 2017

El arte del señor Cisneros

Los hechos que narraré en este escrito son de índole secreta. Me declaro culpable por los controversiales comentarios sobre los hechos ocurridos en la calle Independencia, muy cerca de la antigua iglesia de Solares. Me basaré principalmente en el informe del detective Hinojosa quien, con un gran talento en recopilar huellas y pistas que lleven a los asesinatos más brutales que este pueblo ha visto, ha logrado plasmar a la perfección lo que el señor Cisneros ocultaba en su casa desde ya mucho tiempo. En un principio creía que debía callar y dejar que los acontecimientos fueran arrastrados por el viento, pero mi mente no me deja tranquila y las constantes pesadillas que me asolan a la medianoche me han obligado a plasmar lo que la policía no contó en los informes posteriores. Hinojosa era mi amigo y creo que su muerte no debe quedar impune.
Hace tres meses Hinojosa y yo nos encargamos de un caso peculiar de un posible asesino serial. Las víctimas eran mujeres bellas, caucásicas, pero sobre todo jóvenes. Oscilaban entre los 20 y 25 años para ser exactos. Por lo general eran estudiantes a excepción de una quien era madre soltera y vivía sola en Solares. Nuestro departamento de investigación se encontraba en el municipio de Villa del Carbón y desde ahí indagamos las muertes de estas mujeres encontradas a un lado de la carretera solitaria. Al principio Hinojosa conjeturó que se trataba de una pandilla de morbosos y drogadictos que satisfacían sus deseos carnales más impuros pero cuando apareció el cuerpo desnudo de la segunda víctima se dio cuenta de que no era así. Los cuerpos no tenían huellas pero si algo en común, la piel de espalda se les había removido con una precisión quirúrgica, perfecta, dejando un rectángulo vertical de músculos y sangre salientes. Esto puso en alarma lo que Hinojosa creía saber sobre homicidios, pues siempre se encontraba con casos comunes como una puñalada o un balazo. Los cuerpos de estas mujeres nos hicieron saber que, quien sea que estuviera haciendo esto era más inteligente de lo que se pensaba. Otro dato curioso es que las víctimas no tenían signos de violación o hematomas en la piel, de hecho parecía que el asesino las convencía de morir en esa forma.
Tres semana después Hinojosa alertó a la policía de Solares que vigilaran constantemente los caminos por la noche, pues parecía haber un asesino serial suelto que desollaba la espalda de sus víctimas.
Un día uno de los forenses nos alertó de un evidencia extraña que había encontrado en el cuerpo de la primera víctima. En la esquina superior derecha del corte de la espalda se encontraba una pequeña mancha de pintura acrílica sobre el músculo expuesto. Hinojosa y yo nos quedamos desconcertados en el momento pues no teníamos idea de lo que esto se pudiera significar. Indagamos en pintores de casas o negocios pues en Villa del Carbón este oficio era de lo más común. Algún pintor ebrio y solitario con hambre jóvenes era la pinta perfecta para esclarecer el caso de una vez por todas, pero el destino nos tenía algo preparado que nos dejaría sin dormir por días.
La tercera víctima fue una joven de 23 años oriunda de Chapa de Mota. Municipio que colinda con Villa del Carbón. Respondía al nombre Brenda y esta vez no era caucásica. Su piel era morena y eso la hacía totalmente diferente a las demás pues al parecer había sido desollada estando totalmente consciente y los forenses afirman que había muerto por exposición al frío y a la increíble cantidad de sangre que perdió. Fue encontrada con los pies amarrados a la rama de un árbol. La piel de la espalda había sido retirada con una mayor precisión. Hinojosa concluyó que el asesino la había desollado primero para después colgarla como un puerco en un matadero y la dejó desangrarse toda la noche hasta morir.
Esto nos llevó a crear una nueva hipótesis pues al parecer el asesino tenía un ayudante el cual auxilio al psicópata para colgar a la chica en aquella rama.
Había llegado la cuarta semana y se había interrogado a todo hombre y mujer de Villa del Carbón y sus comunidades colindantes. El último lugar que nos quedaba era Solares, pero en este último no había mucha tela de donde cortar pues el pueblo estaba casi desierto y tenía fama de estar maldito. Se decían innumerables leyendas sobre lo que realmente sucedía ahí y el porque la gente huía repentinamente dejando sus pertenencias.
La policía de Solares también era escasa pues se tenían que asignar oficiales de otro municipios para resguardar el pueblo, pero aun así las personas seguían desapareciendo  cada día las casas eran abandonadas a su suerte.
Hinojosa y yo decidimos ir a Solares en un intento desesperado por resolver el caso y evitar más feminicidios. No teníamos idea de lo que encontraríamos allá pero una fuerte corazonada nos decía que el asesino se encontraba escondido ahí.
Aquella tarde el sol estaba en su pleno cénit y el calor nos hacía sudar dentro el auto desesperadamente. Yo era quien conducía mientras que mi compañero realizaba anotaciones aleatorias sobre las escenas de los crímenes. Después de manejar veinte minutos por la carretera en dirección al municipio de Atizapán nos encontramos con una desviación a la altura de un restaurante de mariscos muy concurrido. Se trataba de un camino de tierra poco cuidado y repleto de enormes rocas. Prácticamente era intransitable. No teníamos idea de cuánto tiempo haríamos por este camino en auto pero decidimos orillarnos en el bosque y andar a pie pues más adelante la ruta parecía estar bloqueada por árboles caídos y rocas más grandes. Caminamos cerca de media hora hasta pasar el bosque y entrar a la avenida principal donde nos esperaba el pequeño departamento de policía. Habíamos avisado con anticipación nuestra llegada y la información que requerimos para resolver este perturbador caso. Los dos únicos policías del pueblo nos proporcionaron una pequeña lista de las personas que aún vivía ahí junto con sus oficios y direcciones. Uno de estos nombres me llamó la atención en el momento. Se trataba de un tal Salvador Cisneros y en la columna de oficios apuntaba a que era artista. Pregunté por él a los oficiales que teníamos delante y ambos nos contestaron con elogios hacia el señor Cisneros, al parecer se trataba de una persona altruista, talentosa y muy conservadora. Aconsejé a Hinojosa comenzar en la casa del artista pues él nos podría dar una referencia más amplia sobre los lugareños, tanto los que se han ido como los que seguían viviendo ahí. Jamás en mi vida creí que me arrepentiría de haber hecho esto.
La casa del señor Cisneros se encontraba en la calle Independencia, aquella que conectaba con Alhondiga y Juan Aldama, las principales vías de acceso al pueblo. Al llegar el inmueble no tenía numero pero era muy característica en comparación con las demás. Era de colores muy vivos y su construcción era de un tipo victoriano, un estilo que contrastaba totalmente con las demás casas. Se encontraba bardeada por una reja blanca, la cual poseía una campana de estilo gótico para llamar a la puerta. Toque dos veces y de inmediato salió un hombre en un delantal azul marino. Era viejo, tal vez demasiado pero su aspecto físico parecía lo hacía verse mucho más fuerte y vigoroso. Le calculé 70 años, tal vez menos. Portaba unos lentes redondos y oscuros y en sus manos había pintura roja o lo que en ese momento me pareció que era pintura. Su delantal se encontraba pulcramente limpio. Hinojosa lo saludó amablemente con un movimiento de la mano derecha. Al llegar a la reja el viejo artista e Hinojosa comenzaron a entablar un diálogo extenso sobre las violentas desapariciones de la región. El hombre era de lo más amable y contestaba con una pulcritud envidiable, hasta cierto punto extraña. El gran aumento en sus lentes mostraba una mirada penetrante, centrada, vidriosa en muchos sentidos. Por un momento me pareció que ocultaban la verdad sobre estos asesinatos pero por otro lado me hacían dudar sobre él y me obligaba a convencerme a mí mismo que eran solo supersticiones. Jamás imaginé que este hombre ocultaba en su casa un reino de sangre y muerte.
Después de varios minutos de conversación Hinojosa cortó el diálogo y terminó con un “buenas tardes”. Caminamos por un rato en silencio pero al llegar al portón de la iglesia, perdiendo de vista la casa del artista, estaba por avisar a Hinojosa de las extrañas actitudes del hombre pero al parecer Hinojosa ya lo sabía. Mi compañero comenzó a crear un plan. Había algo extraño oculto en esa casa y teníamos que averiguarlo.
En esta parte resumiré las horas que vigilamos la casa del señor Cisneros, esperando que saliera. La espera dio sus frutos y el hombre salió a caminar en dirección a la iglesia hasta perderse en el umbral de la noche.
Hinojosa y yo nos escabullimos al interior de la casa. Al principio nos pareció encontrarnos con el hogar de un hombre recto, de buenos gustos y al parecer humanitario en todos los sentidos. Ambos nos pusimos guantes y comenzamos a buscar pistas, huellas, algún indicio que nos demostrara que estábamos en el lugar correcto. Estuvimos cerca de quince minutos investigando sin encontrar nada. Estábamos por salir de la casa cuando nos percatamos de una puerta oculta al final de la escalera. Parecía estar camuflada con la madera de la pared. Hinojosa se acercó a ella y comenzó a estudiar su contorno. La luz de la luna era nuestra única guía y nos permitía un campo visual amplio. El secreto de su apertura lo encontramos en el acto, se trataba de una puerta corrediza que, al empujarla entraba dentro de un riel oculto que la permitía deslizar con facilidad. Lo primero que nos mostró la luz de la luna fue un tramo largo de escaleras que llevaban hacia un sótano oculto y lúgubre. Un terrible olor se desprendía de aquel sitio que nos provocó nauseas. Ambos comenzamos a descender esperando encontrar el escondite secreto de un psicópata.
Al llegar al suelo nos encontramos con un estudio amplio iluminado por un foco amarillento y viejo. Había tres cuadros que mostraban paisajes exquisitos pero a la vez extravagantes. Se trataba de lugares inhóspitos, carentes de vida, envueltos en auras de muerte y putrefacción. Dos de ellos mostraban desiertos y bosques muertos pero el tercero parecía el retrato de un ser extraño y amorfo que parecía gritarle a la luna. Hinojosa llamó mi atención por un momento. Señaló los lienzos y lo extraño que estos olían. El color que predominaba en los cuadros era el rojo en todas sus tonalidades, acompañados de negro y gris pero al oler las pinturas parecían una mezcla de solventes con aquello que temía decir en el momento. “Sangre” atinó decir Hinojosa. Por un momento ambos nos miramos  y nos llegó una idea bizarra. Los lienzos parecían estar hechos de un material extraño, los tocamos y dimos un salto atrás. Se trataban de pieles humanas. El señor Cisneros era un hombre de un talento indiscutible que encontró en las pieles de mujeres jóvenes el complemento perfecto para plasmar su ilimitada imaginación. No nos habíamos percatado del abundante rojo en el suelo que nos llevó a pensar en lo enfermo que este hombre se encontraba.
A un lado de los caballetes se encontraba una mesa con varios botes llenos de pinceles y godets ensangrentados. Por un momento creí que mi mente me jugaba una broma de mal gusto pero al ver los pinceles con mayor detenimiento me percaté de que había dedos largos y negros entre ellos. No podía creer lo que mis ojos veían, este rebasaba cualquier entendimiento sobrehumano, era un monstruo. En la parte de atrás del estudio pudimos ver una puerta astillada que se encontraba entreabierta. Hinojosa se acercó primero y con suma cautela abrió la entrada de lo que parecía una pequeña bodega. El olor aquí era insoportable y en la oscuridad latente había un bulto en el suelo que se movía con extraños espasmos. Por más que abríamos la puerta la luz no entraba en la habitación.
Escuchamos unos pasos bajando las escaleras. La madera crujía ante sus pies y su mera presencia me dio que pensar. El señor Cisneros sabía que nos encontrábamos aquí, husmeando en su estudio y horrorizándonos con su arte bizarro e inhumano. Hinojosa y yo decidimos escondernos en la pequeña bodega y enseguida nuestro mundo se sumió en tinieblas. Los pasos del artista se aproximaban pesadamente y a través de la antigua chapa de la puerta pudimos percatarnos de lo que este psicópata tenía planeado hacer.
Traía consigo un saco de tela manchado de sangre seca, de este sacó una especie de bulto orgánico, pálido y rosado a la vez. No tardamos en confirmar lo que era. El hombre había asesinado a otra mujer y lo que veíamos era su espalda cercenada. Repentinamente un gemido se escuchó en la oscuridad, ambos volteamos hacia atrás y nos topamos con el bulto que se contorsionaba. El señor Cisneros abrió la puerta de la bodega y nos miró con una enorme sonrisa dibujada en su rostro. En su mano traía un enorme cuchillo afilado del cual goteaba sangre fresca. Tanto Hinojosa como yo reaccionamos y desenfundamos nuestras armas. El hombre lanzó el cuchillo hacia Hinojosa clavándose este en su cuello. Yo disparé en el acto y el asesino cayó fulminante. Enseguida avisé a mi superior y un enorme convoy se desplegó en las calles de Solares. El cuerpo del señor Cisneros fue cubierto por una sabana y sacado por los médicos forenses.
Hace tres meses de estos asesinatos y el cuerpo de Hinojosa fue despedido con honores por parte del departamento de policía y de amigos y familiares. La casa del señor Cisneros fue confiscada por el gobierno, de igual forma su morboso arte. Las chicas fueron entregadas a sus familias para darles un funeral digno. Y en cuanto a mí, el asunto no ha cambiado del todo, sigo tras la pista de asesinos psicópatas que pretenden divertirse con víctimas inocentes para sus trastornados planes.
Esta experiencia me ha ayudado a comprender que la naturaleza humana no es tan perfecta como parece. Somos dementes como especie y buscamos satisfacernos de todas las maneras posibles, pues yo tengo una fuerte atracción por el arte del señor Cisneros, los cuales tengo colgados en mi casa y me han ayudado a entender que, a fin de cuentas, también soy culpable. Ahora me encuentro en un dilema pues he tenido recurrentes pesadillas parecidas a los paisajes plasmados en aquellos lienzos humanos. Una parte de mi desea continuar con la obra del señor Cisneros. No hay nada más grande y único en este mundo que desollar jovencitas y utilizar su piel como lienzo, pero no cualquier lienzo, estoy hablando de satisfacción en su estado más puro, de una excitación incomprensible que provoca que mi piel se erice.
La grandeza requiere sacrificios aunque estos se paguen con sangre y terror.



domingo, 26 de noviembre de 2017

El profeta de la muerte

La llamada fue atendida cerca de la medianoche. Una extraña voz del otro lado de la línea pedía ayuda desesperadamente. Al principio se creía que se trataba de un niño pues el diálogo con la operadora dictaba la inocencia de este pero al final la voz se distorsionaba en un punto crítico donde el carraspeo constante y gutural parecía salir de las cuerdas vocales de un hombre. La llamada se cortaba abruptamente con un gruñido lejano que producía eco en un lugar grande y espacioso. El departamento de emergencias de la policía dio inmediatamente con la ubicación de la llamada. Una patrulla se alistó en la noche y condujeron a través de la ciudad hasta la ubicación marcada. Al llegar se encontraron con un edificio antiguo, al parecer una vivienda que, a simple vista, parecía llevar años abandonada. La fachada era de un azul pastel desgastado y carcomido. El portón rojo carmesí se encontraba entre abierto. La madera de este también se encontraba desgastada pero extrañamente limpia de grafitis así como los muros y las ventanas. Una extraña y densa oscuridad rodeaba el edificio, misma que parecía alejar la luz del faro público que buscaba expandir su resplandor inútilmente. Uno de los oficiales bajó de su patrulla e iluminó con su linterna la fachada del edificio de dos pisos. Parecía una enorme tumba donde se escondían el espectral sentido de la noche junto a sus demonios. Un extraño silencio ensordecedor flotaba en el aire. Al oficial Gutiérrez parecía escuchar un leve zumbido en el ambiente. Un zumbido que flotaba desde el interior del inmueble.
Al no ver movimiento el hombre apagó su linterna y entró de nueva cuenta a su patrulla. Accionó el motor pero un grito proveniente de la vivienda revirtió la acción.
Ambos policías bajaron del auto y con sus linternas iluminaron hacia el portón entreabierto de la vivienda. Ambos prepararon sus armas y entraron. Lo primero que vieron fue un enorme y lúgubre patio descuidado por años de suciedad y basura acumulada. Las paredes se encontraban agrietadas y a la luz de la luna el edificio parecía cobrar vida. En el ambiente se podía percibir algo antinatural, carente de cualquier percepción racional. Tanto Gutiérrez como Carmona comenzaron a trazar un plan, decidieron separarse para recorrer el inmueble y encontrar a la víctima. Carmona comenzó a explorar la planta baja mientras que Gutiérrez subió a la segunda planta.
En la planta alta el asunto no cambiaba en lo absoluto. La pintura azul se caía a grandes rasgos. El pasillo que conectaba con los departamentos rodeaba el patio. Gutiérrez se encontraba en el ala norte, desde su posición el ala sur parecía una ballena muerta a la deriva. Comenzó a aluzar las ventanas de los departamentos. Las puertas de estos se encontraban cerradas. Mientras avanzaba a la distancia divisó una puerta abierta y las alarmas en su cerebro se activaron. El niño se encontraba ahí y probablemente el agresor también. Sacó su arma y se aproximó a aquella puerta. La abrió un poco más para poder entrar. Adentro el asunto era diferente al desorden del exterior. Aquí la pintura parecía no tener daños y el suelo tenía un mínimo de suciedad. El departamento contaba con cuatro habitaciones. A su izquierda se encontraba la cocina mientras que a su derecha estaba la estancia y un pequeño pasillo que conectaba con las dos habitaciones restantes. La luz de su linterna no aluzaba como el esperaba, la oscuridad rodeaba por completo los cuartos a pesar de las grandes ventanas que permitían el paso de la luz de la luna. Comenzó a llamar al  niño pero no hubo respuesta. Al entrar en la estancia se encontró con un manojo de hojas sueltas amarradas con un listón rojo. Se agachó y recogió el manojo. Se percató de que había algo escrito en las hojas. Las letras se encontraban mecanografiadas. El papel parecía amarillento pero a simple vista Gutiérrez no estaba seguro de esto pues la luz no era lo suficientemente fuerte para determinarlo. Aluzo las letras y se encontró con un título a la cabeza del manuscrito: El profeta de la muerte. El hombre quitó el listón del manuscrito y comenzó a leer detenidamente.
30 de Agosto de 1995
Mi soledad finalmente ha sido opacada. No puedo quejarme por la compañía que me han otorgado. Yo así lo desee. Lo pedía a gritos. Ahora debo enfrentar mi realidad y resignarme a lo que me aguarda en las tinieblas. Que este manuscrito quede como manifiesto de mis aberrantes actos contra la humanidad para así poder revertirlos de alguna manera, esperando que aún no sea demasiado tarde para ello.
Todo este asunto comenzó a la muerte de mi padre. Había sido un gran hombre para muchas personas pero para mí era el claro ejemplo de un abandono familiar. Su trabajo como escultor era de lo más extraordinario. Tenía un talento exuberante con el que realizaba hermosas piezas de arte llenas de detalles. Su trabajo siempre fue más importante que cualquier cosa en el mundo, incluido yo. A la muerte de mi madre se refugiaba en sus esculturas dejándome  en mis asuntos depresivos.
El tiempo pasó y el trabajo de mi padre comenzó a ser reconocido a nivel internacional. Los vecinos de los demás departamentos se maravillaban cuando entraban al sótano del edificio donde mi padre tenía acondicionado su estudio.
La felicidad regresó a su rostro y aquel brillo en sus ojos había vuelto. Las cosas comenzaban a mejorar gradualmente. No fue hasta la visita de un extraño hombre quien le encargó una escultura peculiar y extravagante. El hombre buscó a mi padre en su estudio. No siempre tenía permitido entrar a su estudio pero en esa ocasión me pareció tan extraña su presencia que decidí escabullirme. Al entrar al sótano mi padre se encontraba hablando con él con una expresión seria pero un tanto temerosa. El tipo era alto y portaba una gabardina larga  muy elegante. Un sombrero de copa cubría su cabeza pero no su nuca la cual se encontraba en extremo blanca, parecía como si pudieras ver a través de ella. Le entregó a mi padre un folder negro con varias fotografías y una hoja mecanografiada que contenía un largo texto. Mi padre al ver las fotografías cambió su semblante por completo. Ahora parecía preocupado, tenso, como si una enorme roca cayera en su espalda. Tenía un trabajo que hacer pero por primera vez lo veía dudoso, incluso molesto por la presencia de este hombre.
A partir de ese momento mi padre se encerraba horas y horas en su estudio. Absorto en una nueva escultura. Solo salía a comer y beber y regresaba inmediatamente a su trabajo. Los días pasaron y yo era cada vez más independiente. Mi padre y ello comenzábamos a perder relación solo lo veía en la hora de la comida y nunca decía una sola palabra sobre la nueva escultura que hacía. Anteriormente platicamos y nos reíamos pero aquella unión familiar se vio frustrada por completo desde la visita de aquel hombre.
`Pasaron meses y mi padre se veía más cansado, ojeroso, molesto y pálido. Incluso sus nervios comenzaban a alterarse de manera gradual. No sabía qué era lo que sucedía con él pero aquel nuevo proyecto lo estaba matando física y emocionalmente.
Una noche un terrible grito se escuchó en el sótano del edificio. Todos los vecinos despertaron y fueron al departamento para preguntar por mi padre pero él no se encontraba ahí. Decidí ir a buscarlo al sótano. De todos los hombres en el edificio solo dos me acompañaron y lo que vimos en su estudio nos horrorizó por completo. Mi padre se encontraba en el suelo con la cabeza totalmente hacia atrás. Tratamos de moverlo pero se encontraba tan rígido que nos fue imposible. Detrás de él a unos cinco metros, en la pared del fondo, se encontraba na escultura inacabada. La oscuridad no nos dejaba ver por completo pero aquella silueta deforme parecía cobrar vida. Mis acompañantes y yo decidimos cubrir el cuerpo y hacer los trámites correspondientes que necesita un funeral.
Al día siguiente mi depresión regresó más acentuada que nunca. Llore sobre el féretro de mi padre como si nunca en mi vida lo hubiera hecho. Le pedí a mis amigos que me dejaran solo por un momento, la ira comenzaba a invadir mis sentidos y no quería desquitarme con ellos. Tomé las llaves del sótano y baje hasta el estudio de mi padre. Todas las obras de arte de mi padre se encontraban cubiertas por mantas. Comencé a descubrir una por una y en ellas vi reflejada la obsesión de un hombre por querer ser grande en su talento pero también vi un hogar destruido y separado por años de trabajos excesivos. Tomé el martillo de mi padre y comencé a destruir todas sus obras de arte. En medio de mi coraje y mi frustración me topé con la escultura inacabada que realizaba antes de morir. Quite la manta y me encontré con la figura de un monstruo. No podía apreciarla por la falta de luz en el sótano pero su silueta era más que grotesca. Mire a mi derecha y en el suelo se encontraba el folder negro. Lo recogí y me dirigí hacia una pequeña ventana que servía como único acceso de luz en aquel lúgubre lugar. Abrí el folder y me encontré con una serie de fotografías grotescas, anormales, carentes de sentido. El protagonista de las imágenes era una bestia indescriptible. Un monstruo que tenía cientos de colmillos que sobresalían de una enorme boca con innumerables lenguas largas. Sus ojos eran dos enormes círculos vidriosos negros y profundos como una caverna. Su cuerpo estaba constituido por varios troncos humanos, grisáceos y escamosos, cada tronco contaba con largas extremidades que terminaban en varias cabezas humanas sin lengua ni ojos. A ambos lados se encontraban dos siluetas que portaban togas negras y largas. Largas capuchas tapaban sus cabezas y dentro de ellas también parecía haber una carencia extraña de vida. En ese momento no supe qué hacer. Mis manos temblaban sin control  pues la fotografía era grotescamente real. Supernatural. Envuelta en auras de incontables mundos podridos. Repentinamente una hoja se desprendió de entre las fotografías. Era un papel mecanografiado. Se trataba del testamento de mi padre. No daré los detalles del documento pero si lo que quería decir. Mi padre me heredó el negocio, así como la completa realización de la obra llamada “Gurkal, El profeta de la muerte”. En ese momento me estremecí y las lágrimas volvieron a recorrer mis mejillas. No podía creer su egoísmo pero sobre todo el obligarme a terminar con el arte deforme que lo llevó a la tumba. Era inaceptable. En ese momento tome el martillo y me dirigí a la escultura del monstruo. Con toda mi furia estaba por darle fin a esa cosa pero extrañamente no pude, algo que no puedo explicar me detuvo abruptamente y comencé a sentir deseos de ver terminada la obra. No soy escultor como mi padre pero los deseos de concluir la escultura me llevaron a usar las artes de esculpir con una ansiedad morbosa. Al igual que mi padre me encerré por días en aquel sótano de perdición y muerte, dándole forma a un ídolo ancestral que cuida con recelo los secretos de la muerte y la transición hacia mundos fríos y desolados.
Hace meses que termine de esculpir los últimos rasgos y el dios amorfo se ve más vivo que nunca. El hombre de la gabardina llegó hace un par de días y me pagó por la obra de arte que termine. Al llevarlo al estudio la bestia se había movido de su pedestal, aquel que rezaba con letras esculpidas “Gurkal”. El hombre de negro comenzó a reírse como un maldito poseído y en un parpadeo emergió el dios amorfo de entre las sombras devorando a s súbdito creando todo un baño de sangre y vísceras alrededor de las demás esculturas. La altura que le había dado era de dos metros pero el monstruo pareció crecer lo doble. El terror me invadió y salí gritando desesperado hacia mi departamento mientras que los vecinos salían a ver qué sucedía. La bestia devoró a cuantos se atravesaban en su camino. Buscaba a su escultor, aquel que le dio la vida. He decidido esconderme en una de las habitaciones. Jamás me encontrara, no es tan listo. Maldita bestia, chilla como un niño pero no me convencerá. Jamás saldré de aquí.
El primer sentimiento que tuvo Gutiérrez fue lo pequeño y frágil que se sentía en aquella habitación. Gurkal seguía aquí y de ahí provenía aquella densa oscuridad infernal. Tiró el manuscrito y un grito de terror lo sobresaltó. Se trataba de Carmona y el grito provenía del lugar que menos deseaba visitar. El sótano. Salió del departamento abandonado y corrió hacia el patio. Al llegar al centro de este, a su izquierda se encontró con las dos puertas del sótano totalmente abiertas. De la oscuridad sobresalía un ruido putrefacto, como el de la carne cuando está siendo machacada por enormes colmillos. Gutiérrez estaba paralizado pero sus sentidos se perdieron en el abismo cuando escuchó la súplica de un niño pequeño. Una de las cabezas tentaculares se abalanzó sobre Gutiérrez devorando su rostro en cuestión de segundos.
Gurkal, el profeta de la muerte, permanece en las sombras. Su hambre fue saciada y la vivienda seguirá siendo el hogar de una criatura ancestral y demoniaca que aguarda en las profundidades de la noche.

martes, 31 de octubre de 2017

El devorador de cuerpos


No sé por dónde empezar. Son tantas cosas, tanta ansiedad entre mezclada con mis sentimientos que, ciento que voy a explotar. Mi lengua se encarga de remojar mis labios constantemente ante el hambre tremenda que cargo. Mis piernas bajan y suben rápidamente como un elevador poseído por demonios. Mis manos están frías y húmedas como témpanos de hielo y mi rostro, cada vez más demacrado, muestra los huesos que estiran incansablemente esta piel mortuoria de la que, a cada día que pasa, siento como arde en cada centímetro de mi cuerpo. No puedo más con esto. Nunca debía hacerle caso. Estoy totalmente arrepentido de mis actos, pero sé que al escribir estas palabras mi alma de alguna manera descansará antes de entregarme al deseo infernal que me invade. Trataré de relatar en este papel lo que era yo antes de esta ansia maldita y cómo fue que una morbosa curiosidad me marcara de por vida.

Todo comenzó cuando Mauricio y yo acordamos visitar un cementerio. Pero no era cualquier cementerio, se trataba de un lugar maldito. Las lápidas plasmaban los nombres de personas que habían invocado a los demonios de la noche para sus asquerosas perversiones. Mi amigo y yo teníamos una fascinación malsana por la muerte. Visitar cementerios en la noche era nuestro hobby. Llevábamos una cámara de alta resolución y un micrófono que captara sonidos a larga distancia. Las rondas por estos lugares eran de horas, a veces ni siquiera nos dábamos cuenta de lo tarde que era. Los cementerios son lugares tan místicos y fascinantemente siniestros que incluso sientes como la muerte está más cerca de lo que crees. Creo que de ahí venia nuestra fascinación por estos lugares. Hasta que una noche decidimos visitar aquel lugar maldito cercano a un bosque.

Como de costumbre teníamos todo planeado. El video que filmaríamos aquí lo subiríamos a internet y depende la aceptación que tuviera subiríamos los demás. También habíamos planeado acampar en esta ocasión, los bosques también son lugares fascinantes y llenos de magia oscura. Al caer la noche cargamos el auto de provisiones y emprendimos el viaje. Teníamos planeado llegar a las ocho; nos tomaría cerca de dos horas poner el campamento y alistar el equipo de filmación. La idea era partir hacia el lugar a las diez de la noche que es la hora donde los rayos lunares comienzan a fluir entre las hojas de los arboles.

Al principio no había nada fuera de lo normal. Nada que pudiera advertirnos algún peligro latente. La oscuridad del bosque era lo bastante densa para imaginarse toda clase de situaciones sobrenaturales. Ambos ya estábamos acostumbrados a estos juegos de la mente. La negrura de los cementerios provocaba que confundieras las lápidas con figuras danzantes y que detrás de ellas te observaran ojos celosos por tu presencia, por la molestia que les provocaras a los muertos. Lo mismo sucedía en un bosque solo que en este la imaginación rebasa fronteras por los múltiples sonidos que rondan entre los árboles. Solo que en esta ocasión nuestro destino se hallaba en las entrañas de este y eso significaba enfrentar los posibles terrores.

Al dar las diez de la noche emprendimos el viaje. Cargamos con los artefactos correspondientes para la filmación de este lugar fascinante pero a la vez maldito. Teníamos planeado pasear por los alrededores, solo eso. No pretendíamos molestar a nadie. Oh dios mío, si tan solo hubiéramos sabido lo que se venía…

Después de caminar un par de kilómetros nos encontramos con la brillantez del lago que, a la luz de la luna desprendía su magia, su belleza singular y gracias a aquellos destellos cósmicos logramos encontrar con facilidad el cementerio. Se hallaba al este del lago, a unos trescientos metros de nuestra posición. Mauricio y yo nos percatamos de que el lugar irradiaba algo siniestro; nos sugería una maldad extraña, como si nos proporcionara deseos enfermizos por descubrir sus secretos. Caminamos por la orilla de lago, maravillándonos por el fabuloso espectáculo que nos brindaban las estrellas y la luna sobre las aguas heladas, tuvimos un cierto momento de paz pero conforme nos aproximábamos cada vez más al cementerio nuestra morbosidad obstruía dicha admiración y nos convertíamos en seres errantes de la noche.

Al llegar a la ubicación lo primero que vi fue una alambrada que medía aproximadamente un metro de altura. Solo eso cubría el cementerio del exterior, solo eso protegía a los muertos. Mauricio y yo saltamos la alambrada, teniendo cuidado de no rasgarnos el pantalón con sus púas. El cementerio era increíblemente pequeño. Las lápidas se encontraban a ras de la hierba crecida. Calculamos que había cerca de diez tumbas. Por un momento creímos que la noche no nos dejaba ver el resto de tumbas pero llegamos a una rápida conclusión al ver que, extrañamente, los rayos de la luna iluminaban la pequeña zona. Más allá solo había oscuridad y nada más. Ni siquiera había árboles que obstruyeran los rayos lunares lo cual me provocó un escalofrío repentino.

De inmediato pusimos manos a la obra. Sacamos la cámara y el micrófono. La preparamos y comenzamos a filmar  las lápidas. A través del lente vimos innumerables nombres antiguos. Algunos parecían estar escritos en otras lenguas, latín tal vez, nunca lo sabré. Algo de lo que nos percatamos y no habíamos tomado en cuenta fue la disposición de las tumbas. Parecían formar un círculo perfecto concentrando su circunferencia en una lápida la cual se hallaba despojada de hierba. De inmediato nos dirigimos allí. La lámpara de la cámara aluzó el extraño nombre: Devoratrix Corpora.
Mi amigo y yo nos miramos bajo la radiante luz de la luna. No teníamos idea de lo que significaban aquellas palabras pero compartíamos el mismo pensamiento mortuorio. Teníamos que ver qué clase de secretos se escondían debajo de esa lápida. Comenzamos a rascar con nuestras uñas la tierra que, sorprendentemente se encontraba suelta y de pronto apareció un agujero rectangular. Comenzamos a quitar toda la tierra que se encontraba sobrepuesta descubriendo la forma rectangular. Una vez terminada la tarea aluzamos el agujero con la lámpara. Esperábamos encontrarnos con un ataúd viejo y maltratado, que oliera a podredumbre y humedad pero en lugar de eso nos encontramos con un cuerpo que se encontraba en proceso de descomposición, metido entre la tierra suelta. Mauricio decidió bajar pero yo desistí a la idea, ver aquel cadáver me produjo un terror profundo. Traté de convencer a mi amigo de no descender pero se aferró, iba en busca de joyas o artefactos de índole esotérica después de todo era un cementerio maldito, plagado de cadáveres que se pudrían en el infierno.

A los pocos minutos mi amigo se desmayó dentro del agujero, gritaba su nombre una y otra vez con la esperanza de que despertara. No me atrevía a bajar a ese pozo demoniaco. Cerca de diez minutos después mi amigo se despertó pero sus movimientos ya no eran los mismos. Parecía convulsionarse con cada movimiento que hacía lo cual relucía su anormal velocidad, como si copiara las acciones de una mosca. De pronto miró a la luna y se encontró con mi mirada. Sus ojos se encontraban encendidos, llenos de una rabia indescriptible, como si fueran de un animal rabioso. Pero lo que más me impresiono fue su boca, era enorme, parecía llegar hasta el tórax y un rugido cavernoso salió de su garganta. De inmediato me levanté y hui del lugar a toda prisa. Aquel ser, que ya no era mi amigo, me persiguió. Iba detrás de mí, en un par de veces creí que me atraparía, rugía como un demonio pero chillaba al mismo tiempo como una especie de animal que no era de este mundo.

Después de correr tanto de pronto me encontré solo. Mi amigo ya no me perseguía pero tenía la impresión de que me observaba desde los árboles. Repentinamente tropecé con una roca, perdí el equilibrio pero logré recomponerme. Busqué la roca y logré cargarla con una mano. Era lo suficientemente pesada para abrirle la cabeza a alguien. Así que esperé detrás de un arbusto, aunque algo me decía que no serviría de nada. Mauricio cayó encima de mí. Solté la roca y ambos empezamos a forcejear. El deseaba devorarme. Abría su enorme mandíbula y la cerraba fuertemente como las tenazas de un cangrejo. Estiré mi brazo hacia mi izquierda y tomé la pesada roca. Le golpee con todas mi fuerzas. Un hilillo de sangre comenzó a salir de su sien y cayó pesadamente sobre mi cuerpo. Logré quitármelo de encima y hui en busca del campamento.


Hace ya que pasaron cerca de quince minutos y mi amigo no volvió a aparecer. Aquí en esta oscuridad malsana mi ser se encuentra corroído. Hay una furia extraña que me invade. No logro entender que es. Cada vez más ansío la carne humana. Creo que fue esa tumba maldita. Nos maldijo a mí y a mi amigo. Maldita suerte. Ahhh, ahhhhhhh. Mi cabeza, siento que va estallar…aaaahhhhhhhhhh…….


jueves, 19 de octubre de 2017

Fragmento de Eterna Oscuridad

Vanessa encontró un lugar en el centro de la cafetería. Puso su mochila sobre la mesa y sacó su almuerzo junto con un libro. Comenzó a hojearlo mientras degustaba de un sándwich de jamón perfectamente cortado a la mitad. A un lado tenía un jugo de manzana en un pequeño cilindro. El ruido de la multitud le molestaba pero eso no impedía que su concentración fuera absoluta. Se encontraba leyendo los primeros párrafos cuando algo inusual sucedió. Entre una multitud que entraba a la cafetería sobresalía una figura oscura. Portaba una sudadera negra y sucia. La capucha cubría su cabeza casi por completo. Vanessa se intrigó al verlo pues caminaba entre la gente sin que nadie se percatara de su presencia. Trató de ver su rostro pero la capucha cumplía con su cometido. Una oscuridad extraña envolvía su rostro. De pronto dejó de avanzar y se quedó inmóvil en medio de la multitud. Vanessa podía sentir su mirada. Podía que la miraba fijamente. La chica comenzó a extrañarse pero a cada segundo que pasaba su mente pasaba de lo extraño al terror, había algo en aquella figura que no le gustaba en lo absoluto y lo más escalofriante del asunto era que todos lo evadían. Nadie lo miraba directamente a él a pesar de la vestimenta sucia que portaba, era como si estuviera pero no al mismo tiempo. Vanessa se volteó y siguió forzadamente con su lectura cubriéndose el lado izquierdo del rostro.


La multitud que acababa de entrar comenzó a buscar lugares vacíos. No había muchos disponibles. Entre ellos estaban los asientos que rodeaban a la chica. Había ocasiones en las que acompañaban a la chica en su soledad, en especial Daniel, un joven de gustos extraños que compartía su odio contra el mundo pero no había aparecido y por alguna extraña razón, ella deseaba estar con alguien. La soledad había invadido su paz, se sentía sola y llena de miedo. Trató de concentrarse en la lectura pero la curiosidad era más fuerte. Quitó un poco la mano de su rostro y se encontró de nueva cuenta con el extraño sujeto solo que esta vez se encontraba sentado, a un lado de un grupo de chicas. El tipo aún seguía observando detenidamente a Vanessa. La joven se volvió a cubrir el rostro. Estaba aterrada. El ruido envolvente de la gente rodeo sus sentidos, incluso producían un eco extraño. Una risa lejana llegó a sus oídos y contagió a los demás en la cafetería. Vanessa sentía, percibía que se reían de ella, de su soledad, del terror que sentía por ser observada por un tipo maniático que conjeturaba aventuras sexuales con ella. Repentinamente algo rompió el ambiente. Uno de los motociclistas pasó a un lado del grupo de los populares. Lo empujó sin intención pero el otro no lo tomó así. Se volteó y comenzó a empujar al tipo de la chamarra de cuero. Se hicieron de palabras. Se comenzaron a elevar los ánimos y así sin más, la tregua que se había fraguado hace tiempo había llegado a su fin. Ambos grupos no escatimaron en golpes y amenazas de muerte. La sangre comenzó a inundar el piso de la cafetería. Las mujeres también se golpeaban, algunas jalaban el cabello de las otras con tanta fuerza que literalmente lo arrancaban. La batalla campal parecía un documental de animales salvajes solo que más bizarro y sangriento. Vanessa no daba crédito a lo que veía. Uno de los tipos de chamarra de cuero alzó el rostro cuando arrancaba la garganta de otro con sus dientes y la chica se encontró con una mirada diabólica, perversa, carente de humanidad. Sentía que era la mirada morbosa del extraño de sudadera negra. Volteó hacia donde él se encontraba pero este había desaparecido. Miró a la multitud de la cafetería y se percató de que todos se encontraban paralizados, como muertos vivientes. Nadie hacia nada por detener la masacre. Repentinamente unos maestros entraron al recinto y comenzaron a separar a los jóvenes sedientos de sangre. Vanessa se levantó y huyó rápidamente no sin antes escuchar su nombre pronunciado por una voz de ultratumba dentro de su cabeza. Vanessa, Vanessa, Vanessa. Volteó en el acto y lo último que pudo ver fue la violencia incontrolable de los jóvenes hacia los maestros.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Mas allá del sonido


En estos tiempos modernos es complicado creer en lo fantástico. Fantasmas, demonios, seres del inframundo que, constantemente, vienen a entrometerse en nuestras vidas mortales. El solo mencionarlos es como si quebráramos la línea de la evolución, aquella que nos ha convertido en seres razonables. Capaces de crear y nutrir ideas que trascienden a lo largo de la historia. El solo pensar en esto retiramos de nuestras mentes toda superstición, pero que pasaría si toda esa recopilación de fantasías absurdas realmente existiera y nos vigilara desde un punto el cual no pudiéramos percatarnos de su existencia. En mi caso estoy más que seguro de esto último. Me atreví a acercarme a ellos sin pensar en las consecuencias, mi curiosidad fue más fuerte que mi abstinencia. Debo escribir rápido pues presiento que con cada hora, minuto y segundo ellos están más cerca y sabe dios qué planes tengan para mí.

Todo comenzó cuando la audición de mi oído derecho se perdió. Me vino una especie de hipoacusia según los médicos. Me hicieron estudios auditivos y neurológicos pero todo parecía inútil. Los resultados que arrojaban eran normales y no encontraban ningún tipo de anomalía en mi oído, simplemente no respondía a los ruidos. Pasó una semana y mi angustia incrementaba. Mis hábitos comenzaron a cambiar. Constantemente me golpeaba con los muros. En una ocasión estuvieron a punto de atropellarme. Le explique al conductor de mi condición y lo único que pudo hacer fue mostrar lástima, incluso ofreció llevarme a mi casa. Me sentía como un anciano, un inútil, una persona que ya no podía valerse por sí misma. Mis amistades aún se preocupaban por mí pero yo comencé a alejarlas. Un buen día dejaron de visitarme pues mi comportamiento solo expresaba odio y frustración. Tenía constantes arranques de ira y todo lo que se travesaba en mi camino era destruido por completo. Un mes después mi mundo, mi trabajo, mis amistades, mis cosas, todo se había ido a la mierda y mi oído derecho seguía sin recibir señales de ningún tipo. Todo eso cambió de la noche a la mañana pues aquello que deseaba escuchar se transformó en algo que no esperaba. Primero eran voces, decían algo pero simplemente no lograba interpretarlo. Esto me causó emoción pues creí que mi audición había regresado pero mis médicos creyeron que solo estaba desvariando. Volvieron a hacerme estudios y el resultado seguía siendo el mismo. Entonces ¿Qué era lo que escuchaba? En mi casa me tapaba el oído izquierdo y aquellas extrañas voces cesaban pero en cuanto quitaba mi mano de la oreja aquello volvía. En la noche este fenómeno se presentaba con mayor frecuencia. El silencio nocturno provocaba un susurro intenso en mi cerebro. No deseaba prestar atención pero mi curiosidad fue más fuerte. Un buen día decidí prestar atención a lo que decían, de haber sabido lo que venía jamás lo hubiera hecho. Rezaban una especie de cántico: El vigilante se acerca, la tierra del olvido mora a tu alrededor, la visión de un mundo externo, donde la muerte es solo el suspiro de un largo sueño. Después comenzaban a entrelazar sus cánticos y el significado de las palabras se perdía. Hice una anotación rápida en una hoja arrugada de papel. A partir de aquel día las voces se oían cada vez más fuerte y siempre declarando la misma frase. Trataba de no prestarles atención pero era demasiado molesto. No podía conciliar el sueño. Entonces se me ocurrió algo extraño, algo que jamás pude concretar si realmente provenía de mi imaginación o de alguna especie de persuasión de estos seres. 

La idea era dialogar con las voces.

Aquel día esperé pacientemente la noche, jamás me había visto tan ansioso, dispuesto, mi ira comenzaba a reprimirse en preguntas, en ideas que a cualquier escritor de ficción le hubiera encantado conocer. Estaba dispuesto a entablar un dialogo con ellos. Deseaba averiguar qué era lo que querían de mí.

Al caer la noche me preparé. Ya eran cerca de las once de la noche y las voces apenas comenzaban. Escuchaba susurros que poco a poco empezaron a entonar el extraño cántico. Esperé pacientemente a la media noche conjeturando una serie de preguntas que se me antojaban extrañas pues jamás en mi vida me había encontrado en una situación en la que pudiera cuestionar entidades de otro mundo. El solo pensarlo me hacía sentir como un pequeño animal indefenso.
La intensidad creció y con mi oído derecho podía escuchar perfectamente aquel submundo desconocido. Mi oído izquierdo solo escuchaba el silencio de la noche. En cuanto escuché la frase realice la primera pregunta:

-¿Quiénes son?

No obtuve una respuesta inmediata así que me aventuré a la segunda pregunta.

-¿De dónde son?

Esperé unos minutos pero de igual manera no obtuve respuesta. Sentía que con estas preguntas no llegaba a ningún lado. Había formulado cerca de diez pero la última era la más importante de todas. Me puse cómodo antes de formularla pues me encontraba sumamente nervioso. Me encontraba hablando con entidades de otro, posiblemente provenientes de la muerte. No era del todo cuerdo hacerlo pero algo me decía que era mi deber.

-¿Quién es el vigilante?

Repentinamente las voces callaron y la audición de mi oído derecho regresó. Me llené de alegría al instante pero no por mucho tiempo. Los grillos dejaron de cantar, el viento dejó de soplar y la luna se tornó oscura, emborronada, como si hubiera sido dibujada con carboncillo.
Hace ya un rato que hice esta pregunta y mi casa se ha tornado de una oscuridad extraña. Hay cientos de gatos parados en el techo de la casa de enfrente; observando mi ventana, observándome a mí mientras escribo estas palabras. Presiento que se acerca. El llamado del vigilante ha sido contestado.
Por dios ¿Qué es eso? Alguien ha abierto la puerta de mi casa. Escuchó pasos pesados junto con algo grande que arrastra. Ya viene por mí. Su presencia ha ensombrecido mi habitación, será mejor que cierre con llave, aquello, sea lo que sea no me atrapará. Ahora entiendo lo que mi oído captaba. Un mundo en tinieblas que se oculta en la oscuridad y busca nuevos miembros con los cuales hacerse de una legión de demonios, seres de oscuridad que solo viven de la noche perpetua, demonios de una perversidad insaciable.

El vigilante ha llegado. Ha tocado mi puerta con algo pesadamente. Puedo sentir su presencia maldita recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. Estaré muerto. Talvez la enfermedad de mi oído era más grave de lo que creía ahora entiendo aquellos arranques de ira. Mi cuerpo luchaba por sobrevivir pero no mi mente, pero no mi espíritu.

La puerta se ha abierto. Él está en la puerta pero extrañamente no siento miedo alguno. Trataré de describirlo de la mejor manera posible. Es una enorme mancha negra en forma de túnica que se ondea de la cabeza a los pies. Lo que trae pesadamente arrastrando es una especie de enorme bolsa donde…hay varios cuerpos putrefactos.


Confirmo mis sospechas es la hora mi muerte y el viaje hacia aquella tierra del olvido apenas comienza. Extrañamente una mano demoniaca ha salido de aquella túnica. Ahora le puedo ver la cabeza y es monstruosa, parece una especie de reptil cornudo. Por dios me llevara a los infiernos…No espera, no, nooooooo. 


lunes, 17 de julio de 2017

En el kilometro 60


Las carreteras son los lugares más inciertos del mundo. En ellas se han encontrado las situaciones más extrañas e insólitas. Los accidentes de auto están siempre a la orden del día así como los atropellamientos de personas y animales. Las motocicletas también son parte de esta categoría, pero que pasa cuando el accidente no tiene nada que ver con las acciones y la influencia del hombre. Cuando hay elementos que van más allá de nuestro entendimiento. Cuando los hechos rozan la delgada línea entre la imaginación más desbordante y la realidad más latente. No tengo idea del comportamiento modelo de esto último pero lo que si se es que en este plano hay situaciones incomodas que nos trasportan  a los lugares más oscuros de la tierra.

Mi nombre es Leticia Pandero. Soy oficial de la policía estatal. Los casos que recibíamos en el departamento eran cuantiosos, en cuanto a desapariciones misteriosas se refería. En algunos de ellos la víctima era encontrada y regresada a su familia pero la mayoría jamás aparecía a pesar de los esfuerzos y las investigaciones. Al año se reportaban cientos de casos relacionados con niños y adolescentes desaparecidos. La mayoría dejaba sus casas por violencia intrafamiliar pero otros eran raptados y alejados del mundo donde vivían. Todos ellos tenían algo en común, un patrón que justificaba sus desapariciones, no fue hasta el otoño cuando una llamada anónima cambio el panorama por completo.

Aquella tarde de Octubre me encontraba revisando los archivos policiales. Tenía especial atención por uno en particular. Una niña de diez años había sido reportada como desaparecida por su padre, teniendo como principal sospechosa a la madre pues se especulaba que se había ido del país con ella. La fotografía de la niña me encantaba tenía una mirada tierna y un semblante relajado. Me recordaba a una fotografía que tenia de mi hermana fallecida hace diez años. La contemplaba tranquilamente cuando el teléfono sonó. Me provoco un pequeño sobresalto. Eran altas horas de la noche y no suelo recibir llamadas cercanas a la media noche pero en esa ocasión algo era diferente, era como si al contestar esa llamada mi vida dependiera de ello. Dude un poco pero finalmente levanté la bocina.

-Departamento de policía- dije un poco temerosa.

-Ayuda- dijo la voz distorsionada de un niño.

-Si diga en que le podemos ayudar-

-Aquí en el kilómetro 60….un accidente….alguien está afuera

-De acuerdo. ¿En dónde dices que te encuentras?

-Tuvimos un accidente….cerca de la curva….en el kilómetro 60….ayuda por favor hay alguien….fuera

La llamada se cortó repentinamente. Miré los datos que había anotado en una pequeña libreta. Arranqué la hoja, me levanté de mi asiento y me dirigí con mi compañero. No era bien visto que una mujer permaneciera sola con un hombre en horarios de guardia en la jefatura pero Darío era un buen hombre, padre de tres hijos y siempre al tanto de poder ayudar a quien más lo necesite. Cada que entraba a la jefatura contemplaba con seriedad las fotografías de las personas que desaparecían año con año. Las miraba cerca de media hora provocando que los demás compañeros hablaran de él por comportarse extrañamente. Yo creo que lo hacía por el terror que le provocaba saber que cualquiera de sus hijos podría encontrarse en aquel pizarrón. Por ese pensamiento hacía su trabajo con seriedad es por el cual confío ciegamente en sus capacidades, tanto policiales como investigativas. Y es por eso que le pedí al comandante tener mis horarios de guardia con su compañía.

-Darío. Tenemos un accidente en el kilómetro 60, posible secuestro- dije irrumpiendo en su oficina.

El hombre se encontraba estudiando de igual manera. Al parecer las desapariciones de niños se convirtieron en una misión para su vida.

-¿Cómo sabes que no es una broma?- preguntó debido a una llamada anónima que había recibido días atrás. Ambos acudimos al lugar pero resultó ser una completa tomada de pelo. Es por eso que hemos sido más precavidos al respecto pero como dije antes esta llamada sentía que era de vida o muerte. Y no me equivoqué.

-Un niño fue quien la realizó

Darío se quedó pensando un momento. Las desapariciones en la carretera de Villa del Carbón eran más frecuentes. Los cientos de reportes que llegaban en la jefatura daban fe a ello.

-De cuerdo vamos

Nos dirigimos a la patrulla. Darío manejo. Seguramente se debió a que se dio cuenta de mi inquietud. Mi cuerpo temblaba pero no tenía idea del porqué, era como si me alertara de algo siniestro. No sabía el porqué de este pensamiento, así como tampoco tenía idea de porque la imagen de la niña de diez años me invadía por completo.

La carretera era más oscura de lo habitual parecía estar envuelta en un velo antinatural, como si la noche fuera controlada por fuerzas sobrenaturales.

Al llegar al lugar del accidente nos quedamos perplejos, extrañados, sobe todo Darío quien detuvo la patrulla a cinco metros del accidente. Lo primero que vimos fue un auto plateado, al parecer un Valiant en perfectas condiciones. Se encontraba abandonado con ambas puertas abiertas de par en par. A simple vista no parecía haber nadie, Yo buscaba al niño pero el interior del auto parecía intacto. No había señales de vida. Darío fue el primero en bajar de la patrulla. Portaba su linterna, desenfundó su arma y comenzó a aproximarse lentamente al Valiant. En seguida bajé yo imitando a Darío. Los faros de la patrulla tenían una fuerte luminosidad pero a pesar de esto la oscuridad de la noche parecía ser más densa que la luz. En la oscuridad se escuchaban pequeños murmullos que venían con el viento y desaparecían en el interior del bosque.

-¿Oyes eso?- pregunté casi susurrando.

-Sí, es muy extraño

Al llegar al auto aluzamos el interior. Como lo habíamos previsto el dichoso niño no se encontraba pero si había algo que parecía fuera de lugar en la escena. Había huellas grandes y pequeñas que se adentraban al bosque. Estábamos por ir a revisar pero algo brillante me llamó la atención. En el espejo retrovisor se encontraba un collar de cuero donde colgaba una joya verduzca e insólita. La tomé sin titubear una acción que a mi colega no le agradó del todo.

-Espera, suelta eso. No sabes de donde proviene- dijo Darío.

Estaba por soltarlo pero un grito extraño se escuchó en el bosque. Ambos volteamos hacia la noche y dirigimos nuestras linternas hacia ella. Me guardé el collar en la bolsa y comenzamos a avanzar hacia la nada. A cada paso que dábamos las huellas parecían deformarse. Las pequeñas seguían su curso pero las grandes crecían exponencialmente llegando a medir más de 40 centímetros. Lo primero que pensé fue en la gran altura del secuestrador. Por lo menos dos metros si media. Que equivocada estaba pues aquello no era humano.

Recorrimos cerca de un kilómetro en el bosque, siguiendo el grito que cada vez se escuchaba con mayor intensidad. Las huellas seguían creciendo pero la oscuridad que nos rodeaba era más densa aún. Susurros en el viento decían nuestros nombres pero a pesar de esto el terror no invadía aún nuestras mentes pues los gritos del niño nos preocupaban más.

De pronto las huellas terminaron abruptamente y frente a nosotros la espesura del bosque se presentó en toda su plenitud. La tenue luz de nuestras linternas dejó ver una maraña de arbustos que tapaban un resplandor verduzco. Comenzamos a caminar entre la larga frondosidad del bosque en dirección a aquella extraña luz. Los gritos habían cesado pero un extraño sonido gutural llegaba a nuestros oídos. Antes de pasar el último arbusto ambos nos miramos y asentimos con el terror que comenzaba a molestarnos. Nos quitamos de encima la naturaleza y lo primero que vimos fue un enorme claro que iluminaba la total circunferencia de este. Había dos siluetas negras en el centro del resplandor, una era enorme, probablemente media cerca de dos metros mientras que la otra era más pequeña e inferior a la otra. El resplandor no nos dejaba ver con claridad. Darío fue el primero en hablar.

-Las manos arriba. Donde las pueda ver.

Ninguna de las dos siluetas se movió.

-¡Las manos arriba! ¡Ahora!- grité.

Repentinamente la silueta grande se perdió en el interior del bosque y el resplandor con ella. La silueta pequeña se quedó en medio del claro. Yo di un paso pero Darío me detuvo.

-Espera. Mejor vamos los dos.

Ambos levantamos nuestras armas con las linternas y comenzamos a caminar hacia la silueta. Me encontraba más nerviosa que nunca y el temblor de mi cuerpo era más fuerte. Algo me decía que no era buena idea que me acercara. Y había mucha razón en eso. Las internas iluminaron una cabeza sin cara. Un ovalo negro, repleto de sangre y materia humana sobresalía de su contorno. Yo estuve a punto de gritar pero mis años como policía me recordaron que esto era una pésima idea, sobre todo si el asesino seguía suelto cerca de nosotros. Mi compañero se tapó la boca con el ante-brazo. Le provocó repugnancia la escena. La silueta de pronto cayó al suelo. Por la estatura y la ropa no tardé en concluir que se trataba del niño que llamó a la jefatura.

-Ese maldito sigue suelto. Tenemos que atraparlo- dijo Darío y como respuesta a su comentario un gruñido se escuchó entre los arbustos. Ambos dirigimos nuestras armas y linternas hacia el bosque y comenzamos a caminar al interior de la densa noche. Las pisadas se escuchaban grandes y pesadas y se alejaban cada vez mas de nosotros. Comencé a sentir los mismos espasmos cuando escuchaba aquel gruñido del demonio pero mi determinación por juzgar al maldito que mutiló a aquel inocente niño era más fuerte que nada en el mundo y Darío pensaba de la misma manera.

La persecución terminó abruptamente cuando el asesino se detuvo frente a nosotros. A diez metros de distancia. Tratamos de aluzarlo con nuestras linternas pero fue inútil, la luz extrañamente no llegaba hasta su posición. La oscuridad junto con el viento susurrante era más fuerte en aquella parte del bosque. Darío de nueva cuenta fue el primero en hablar.

-¡Alto ahí maldito! ¡Las manos donde las pueda ver!

El tipo no se movió pero si dejó escapar un pequeño gruñido de ultratumba que me estremeció por completo.

-Darío ten cuidado- dije en voz baja. –Eso que esta frente nosotros no es humano- lo dije sin pensar.

-¿De qué hablas?

-Solo ten cuidado

Darío comenzó a acercarse y ahí fue donde supe que aquella cosa no era humano. El viento movió un poco las nubes y la luna fue la encargada de revelar su identidad. Su cabeza era la de un enorme lobo negro, sus ojos eran rojos e irradiaban una maldad sobrenatural. Su cuerpo era totalmente peludo y sus manos y pies eran las de un lobo. El hocico lo tenía totalmente lleno de sangre. De sus comisuras colgaban órganos largos y sangrantes, provenientes del rostro del niño. Darío estaba por apretar el gatillo pero algo inhóspito sucedió en ese momento. La joya que hurté del auto comenzó a resplandecer de un verde intenso. El monstruo dirigió su mirada hacia mí y comenzó a gruñir con una rabia anormal. Tomé el amuleto y lo lancé hacia él. Su velocidad me impactó. Tomó el amuleto en el aire y corrió como un ser humano al interior del bosque lanzando un grito aterrador que produjo eco en todo el lugar.

Darío y yo regresamos a la jefatura. No dijimos nada en el camino pero teníamos cientos de preguntas en nuestras cabezas. ¿Qué fue eso o mejor dicho, que cosa era eso? Tanto el auto como el cadáver del niño los dejamos ahí el resto de la noche. Al día siguiente contamos al comandante lo ocurrido. Armó un cuerpo policíaco y nos dirigimos al lugar de los hechos. El Valiant ya había desaparecido pero las huellas seguían ahí. Todos las seguimos hasta el claro pero el cadáver también había desaparecido. Continuamos adentrándonos en el bosque y llegamos a las enormes huellas del monstruo donde se paró en dos patas y nos observó con sus ojos inyectados en sangre. Todos seguimos las huellas que dejó cuando salió disparado del bosque pero desparecieron abruptamente en un peñasco. La altura de este era muy grande y al fondo del cañón se encontraba el temible pueblo abandonado de Solares. Imán de cientos de leyendas malditas sobre sectas satánicas. Todos nos miramos y concluimos que aquella cosa estaba escondida en aquel lugar. Decidimos dejo esto por la paz y regresar a la jefatura. Ni siquiera los hombres más valientes de la policía son capaces de adentrarse en las calles de ese pueblo. Incluso es temido por los animales de la región.


Tengo que confesar que nuestro testimonio fue al cien por ciento recibido por nuestros compañeros. No era de esperarse pues una historia de estas no es fácil de creer por eso decidí anotarla. Plasmarla en papel para impedir que mi memoria la archive en el olvido. Aunque estoy segura de que esto último es poco probable pues aquellos ojos del infierno o podré olvidarlos jamás.